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Una fuga pequeña, un testigo encendido, una copia de seguridad pendiente, una alarma que falla, un cambio en la empresa que todavía no hemos comunicado… Agosto invita a posponer decisiones, pero algunos problemas tienen una característica incómoda: mientras nosotros esperamos, ellos continúan evolucionando.

Hay una frase especialmente habitual durante el verano: “Eso ya lo miraré en septiembre”, y muchas veces es perfectamente razonable. Septiembre llegará y habrá tiempo para reorganizar procesos, revisar contratos, afrontar inversiones, realizar determinadas reparaciones o retomar asuntos que pueden esperar unas semanas.

El problema es que no todo lo pendiente tiene la misma naturaleza. Una tarea aplazada sigue siendo una tarea, un riesgo aplazado puede ser algo muy diferente. Porque mientras una tarea espera exactamente en el mismo punto en el que la dejamos, un riesgo puede aumentar su probabilidad de ocurrencia, multiplicar sus consecuencias o incluso modificar nuestra capacidad para responder cuando finalmente se materializa.

La cuestión, por tanto, no es hacer todo inmediatamente. es saber distinguir qué puede esperar y qué no debería hacerlo.

Cuando pensamos en un siniestro importante solemos imaginar un acontecimiento repentino: un incendio, una inundación, una avería grave, un accidente, un ataque informático…

Pero muchos problemas tienen una historia anterior, una pequeña humedad que llevaba semanas creciendo, un cuadro eléctrico que ya había mostrado anomalías,…

Individualmente pueden parecer cuestiones menores, el problema aparece cuando confundimos una señal pequeña con un riesgo pequeño. No son necesariamente lo mismo.

Debemos preguntarnos: ¿Qué puede ocurrir durante el tiempo que decido esperar?

Supongamos que detectamos una pequeña fuga de agua, podemos pensar: “Lleva así varios días, aguantará hasta septiembre.”

Pero desde la perspectiva del riesgo deberíamos formular otras preguntas ¿Puede aumentar?, ¿Puede afectar a otra estancia?, ¿Puede producir daños a un vecino?, ¿Puede deteriorar instalaciones eléctricas?,…

Actuar ahora puede evitar de forma sencilla daños que pueden ser mucho mayores. Exactamente el mismo razonamiento sirve para una empresa.

Un sistema informático lleva semanas mostrando errores, la actividad continúa y nadie quiere detenerlo en agosto. La pregunta no es únicamente cuánto cuesta revisarlo hoy, también debemos plantearnos cuál sería el coste de no hacerlo… Esa diferencia de enfoque es fundamental.

Probabilidad × impacto: una forma sencilla de pensar el riesgo.

En gerencia de riesgos existe un principio básico: para entender una exposición no basta con preguntarse si algo puede ocurrir, hay que analizar al menos dos variables: la probabilidad de que ocurra y el impacto que tendría si ocurre.

Un acontecimiento muy probable pero de consecuencias mínimas puede ser asumible, otro extremadamente improbable pero capaz de comprometer seriamente nuestro patrimonio o la continuidad de una empresa merece un análisis diferente.

Y existe una tercera variable que muchas veces olvidamos: el tiempo.

Algunos riesgos permanecen relativamente estables, otros empeoran.

Una avería puede deteriorarse, una vulnerabilidad informática puede ser explotada; una fuga puede extenderse, un problema estructural puede agravarse.

Una insuficiencia de capitales asegurados puede aumentar conforme adquirimos nuevos activos; Una dependencia de un cliente o proveedor puede hacerse cada vez mayor.

Por eso, ante una anomalía conocida, conviene plantearse si este riesgo seguirá siendo aproximadamente el mismo dentro de treinta días. Si la respuesta es no, probablemente no estemos ante algo que simplemente podamos colocar en la lista de septiembre.

En la empresa: los cambios que nunca llegan al seguro.

Existe además otro tipo de aplazamiento especialmente relevante. La empresa cambia, pero la póliza no… Compramos maquinaria, aumentamos existencias, reformamos instalaciones, abrimos otro centro. incrementamos facturación,…

Asumimos nuevas responsabilidades contractuales y pensamos: “Cuando tenga un momento se lo comentaré a mi corredor.”

Ese momento puede tardar meses en llegar, mientras tanto, puede producirse una separación progresiva entre la empresa que aparece descrita en los contratos de seguro y la empresa que realmente existe.

Y esa diferencia importa. Una póliza se diseña y tarifica a partir de determinadas circunstancias del riesgo: actividad, valores, instalaciones, medidas de seguridad, facturación, ubicación, procesos, responsabilidades, etc.

Cuando esas circunstancias cambian de forma relevante, conviene revisar si la protección continúa siendo adecuada, no porque cualquier modificación vaya automáticamente a generar un problema, sino porque un seguro correctamente diseñado necesita conocer la realidad que pretende proteger.

Hay otra confusión que merece la pena aclarar: Tener un seguro no significa que podamos ignorar un problema conocido.

El seguro está concebido para proteger frente a determinados acontecimientos inciertos dentro de las condiciones pactadas, no sustituye el mantenimiento ordinario ni las medidas razonables de prevención y conservación.

Además, cuando ocurre un siniestro existe un principio especialmente importante: intentar evitar que sus consecuencias aumenten.

Pensemos en una rotura de agua, una vez detectada, no tendría sentido dejar correr el agua durante horas simplemente porque existe un seguro. Lo razonable es cortar el suministro cuando sea posible, proteger los bienes, solicitar asistencia y comunicar el siniestro.

Lo mismo ocurre en muchos otros escenarios. Estar asegurado y gestionar correctamente el riesgo no son alternativas. Son dos partes de la misma estrategia.

Las cinco señales que no deberíamos ignorar.

No existe una regla universal que permita decidir qué puede esperar hasta septiembre, pero hay cinco preguntas que ayudan mucho.

1. ¿El problema está evolucionando?
Una anomalía que empeora merece mayor atención que una situación estable.

2. ¿Puede afectar a terceros?
Cuando existe posibilidad de causar daños a clientes, vecinos, trabajadores, proveedores u otras personas, la exposición cambia considerablemente.

3. ¿Puede detener mi actividad?
Una incidencia aparentemente pequeña puede afectar a un elemento crítico para seguir trabajando.

4. ¿Existe riesgo para las personas?
Cuando entran en juego seguridad, accidentes o salud, el criterio debe ser especialmente prudente.

5. ¿Ha cambiado algo relevante respecto a lo que tengo asegurado?
Nuevos bienes, instalaciones, actividades, valores o responsabilidades deberían llevarnos a comprobar si nuestra protección continúa respondiendo a la realidad.

Si contestamos afirmativamente a alguna de estas preguntas, quizá septiembre esté demasiado lejos.

El coste del siniestro y el coste de la interrupción.

En una empresa hay además una cuestión que se infravalora con frecuencia: El daño físico no siempre es la mayor pérdida.

Imaginemos una avería que afecta a una máquina esencial, su reparación puede costar una determinada cantidad, pero si esa máquina paraliza durante varios días la producción, las consecuencias económicas pueden extenderse mucho más allá de la reparación: facturación que deja de generarse, pedidos que se retrasan, compromisos contractuales que no pueden cumplirse, costes fijos que continúan existiendo, clientes que necesitan buscar alternativas…

Por eso, cuando analizamos un riesgo empresarial, no deberíamos preguntarnos únicamente: “¿Cuánto cuesta reparar lo que se ha roto?”

También planteémonos qué ocurre con mi empresa mientras no puedo utilizarlo.

Esa segunda pregunta puede ser bastante más importante que la primera.

El verdadero valor de revisar un riesgo antes del siniestro.

Aquí es donde el asesoramiento profesional adquiere una dimensión diferente. El trabajo de un asesor de Quality Brokers no debería comenzar cuando el cliente llama para comunicar que ya ha ocurrido algo.

Una parte esencial de su valor está precisamente antes del siniestro, en conocer la evolución del cliente, en preguntar qué ha cambiado, en detectar nuevas exposiciones, en comprobar que los capitales continúan siendo adecuados, en revisar límites, franquicias y garantías,…

En analizar si determinados riesgos pueden prevenirse, reducirse, asumirse o transferirse al mercado asegurador, y también en explicar al cliente qué cubre su póliza y, muy especialmente, qué no cubre.

Porque una buena gerencia de riesgos no consiste en tener respuesta para todos los problemas, consiste en reducir el número de sorpresas.

Antes de septiembre, haz una lista diferente.

Este agosto te proponemos un ejercicio muy sencillo: Piensa en todas esas cosas sobre las que durante los últimos meses has dicho: “Tengo que mirar esto.”

En casa, en el coche, en tu actividad profesional, en tus sistemas informáticos, en tus pólizas,… No hace falta resolverlas todas hoy, pero clasifícalas: «Puede esperar» / «Conviene revisarlo» / «No debería esperar».

Solo ese ejercicio ya cambia nuestra forma de gestionar el riesgo. Porque gestionar riesgos no significa vivir pendiente de todo aquello que podría salir mal, significa saber reconocer aquello que merece nuestra atención antes de que sea demasiado tarde.

¿Hay algo que llevas tiempo dejando para después?,… Quizá sea una póliza que hace años que no revisas, una empresa que ha crecido mucho desde que contrató sus seguros, una reforma que ha incrementado el valor de tu vivienda,… o simplemente una duda sobre si algo que hoy te preocupa está realmente cubierto.

No necesitas esperar a que ocurra un siniestro para hablar con tu asesor. Contacta con tu asesor de Quality Brokers y cuéntale qué ha cambiado.

Revisar un riesgo no significa necesariamente contratar más seguros, a veces significa actualizar una cobertura, otras veces se trata de eliminar una duplicidad, o modificar un capital; adoptar una medida preventiva, o simplemente confirmar que todo está correctamente protegido.

Ese es precisamente el objetivo,… que cuando llegue septiembre, lo importante no siga pendiente.

Quality Brokers — Asesores en Gerencia de Riesgos
El riesgo aplazado no desaparece. Simplemente permanece esperando.

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