Cuando pensamos en riesgos, casi todos imaginamos lo mismo: Un incendio, un robo, o bien una inundación,… Sin embargo, la realidad empresarial ha cambiado mucho en los últimos años.
Hoy muchas compañías pueden sufrir pérdidas importantes sin que exista un solo desperfecto material. Una empresa puede depender excesivamente de un proveedor que deja de servir, otra puede concentrar la mayor parte de su facturación en un único cliente. O tal vez un simple ciberataque puede paralizar durante días toda la actividad.
También podría darse una baja inesperada de una persona clave, que puede bloquear procesos que nadie más sabe realizar, o un contrato mal interpretado que puede generar responsabilidades económicas muy superiores a las previstas. Son riesgos mucho menos visibles, y precisamente por eso suelen pasar desapercibidos.
Existe una tendencia muy humana a protegernos de aquello que podemos ver, por eso instalamos alarmas y extintores en nuestra empresa, en nuestra casa. Cámaras de seguridad y puertas blindadas para impedir accesos indeseados, pero pocas veces dedicamos el mismo esfuerzo a analizar aquello que no se ve.
Aspectos como la dependencia, la concentración del riesgo o bien la vulnerabilidad tecnológica pasan desapercibidos en ese primer plano visual, pero son riesgos que están ahí, latentes y amenazando la continuidad del negocio. También la propia estructura de nuestras coberturas son un riesgo no visible, no tangible.
Las organizaciones más maduras no eliminan todos los riesgos, eso es imposible; lo que hacen es identificarlos antes que la competencia, porque conocer un riesgo ya supone haber recorrido buena parte del camino para gestionarlo, y esa diferencia puede ser decisiva cuando aparecen los problemas.
Detectar riesgos invisibles requiere una mirada externa, objetiva y especializada. A menudo basta una revisión profesional para descubrir vulnerabilidades que llevaban años conviviendo con la empresa sin que nadie las hubiera identificado.



